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EL LIBRO DE LAS AGUAS DE JOSÉ SARRIA POR MORALES LOMAS

POR  F. MORALES LOMAS

 

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Hace unos meses José Sarria se alzó con el premio de poesía Rosalía de Castro con un nuevo poemario, El libro de las aguas. Un libro fiel a sus claves literarias desde que lo conozco, y son ya veinte años o más.

Una lírica que se caracteriza por la contención verbal, el simbolismo expresivo, el discurso narrativo-descriptivo como valor paradigmático, el mundo interior y la representación poética del sur, la singularidad de las claves de la poesía arábigo-andaluza (de la que es un fiel seguidor), la construcción de un discurso abierto a la tradición española y a la sencillez verbal en la conformación de las imágenes poéticas, que, en muchas ocasiones, son sugerencias, insinuaciones o presuposiciones de un recorrido vital que no desea cerrar definitivamente en el poema, que se aventura por la prosa poética en determinados momentos. Pero que alcanzan una simbología certera en las que el discurso humano siempre está presente: la amistad, los afectos, la emoción más profunda y sobre todo la fidelidad a su mundo.

El título ya de por sí se inserta en la tradición española. Con el nombre de El libro de… encontramos un buen número de obras desde la Edad Media y el siglo XVI. El Libro de Buen Amor es la más conocida. Con este título genérico se quiere expresar esa simbología del agua, tan importante en los cancioneros medievales y, sobre todo, en Jorque Manrique. Al que no cita, pero sí al poeta portugués Eugenio de Andrade, al comenzar, y el agua como símbolo vital imperecedero. Y otras muchas en su interior de autores arábigos.

Al mismo tiempo que esa poesía conceptual adquiere su valor simbólico a través de referentes como el agua, la sangre, el silencio, el amor… existe una voluntad memorial (desde luego el agua tiene memoria y tiempo) de reconstrucción vital en poemas como “Infancia”, al expresar sensaciones ya perdidas como el amor adolescente y ese “abismo de tus ojos”, que tonifica una identidad encontrada; pero también hallamos esta reconstrucción en “El recuerdo”: “El recuerdo es el tiempo detenido”.

Sarria contempla el mundo desde su atalaya y este se manifiesta con su coherencia desde un discurso melodioso y nostálgico que aspira por momentos a ese encuentro con la escritora gallega.

Marruecos está muy presente en algunos poemas, como Medina de Fez, Plaza Jemaa El Fna, Sulamita o Cefchaouen… En estos casos los poemas muestran el enorme afecto al paisaje y sus gentes, el encuentro con una cultura, su reconocimiento: “En Cahouen los ojos dilatan/ las horas y la rebeldía/ resucita en las tumbas/ de los héroes/ al olor del arguile”. Desde esta perspectiva su poesía se hace solidaria y cercana a los otros, aquellos otros ignorados o no reconocidos, un rasgo claro y evidente que lo identifica con el Humanismo Solidario en esa búsqueda de la alteridad en poesía.

En ocasiones persigue la definición de la existencia, vista como una llama primitiva o el camino de la luz o el concepto de puente como metafóricamente definido en cuanto “incógnita de nuestra propia existencia”. Esto nos permite profundizar en la conformación de un mundo también en torno a la luz que está muy presente en el poema. Esa luz que camina por el agua, que la hace vibrar y resplandecer, la luz que flota. Así se hace presente en el poema “Kasbah de Tinehir”: “Porque somos luz/ que reflejan los ojos de los niños/ jugando entre las dunas”. Esos ojos que tanto apego despiertan en sus proyectos solidarios.

Y también está muy presente el amor a lo largo de ese recorrido. Porque ¿qué significado tiene esa existencia, esa agua en movimiento, esa luz… si no la preside el amor? ¿O acaso no sea todo lo mismo? Un compendio. Como en el poema “Nunca fui tan hermosa”.

Pero en esta existencia no pueden faltar los días oscuros, las huidas y los silencios que producen el caos de nuestro vivir y el temor a la herida que en la vida también nace: “La vida que sin razón/ va causando tantos daños/ y apagando con los años/ lo que ayer era ilusión”.

Una lírica contenida, profunda, melancólica que abraza con templanza las causas de la existencia y proyecta con eficacia los símbolos del vivir: vida, amor, luz, agua, solidaridad y querencia.

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JOSÉ SARRIA Y F. MORALES LOMAS

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